El patio tiene cuarenta y
cinco metros de largo por veintidós de ancho, sesenta y nueve por treinta y
tres pasos. Pasos de Ojitos, pasos
irregulares que una vez traspasada la mitad del recorrido ya empiezan a acomodar
su alcance para que el muro de hormigón armado se ajuste al milímetro a la
suela de las deportivas en su último avance, el sesenta y nueve o el treinta y
tres. Es tarea complicada, porque el espacio da para unos cómodos setenta y dos
pasos, pero Ojitos sabe que el sesenta y nueve es un número que no se le
olvidará y siempre ha sido muy maniático a la hora de memorizar distancias.
Treinta y tres también es fácil de retener, no por ser la edad de Cristo, que
allá películas con las religiones, sino la suya. Alguna vez ha intentado la
medición en diagonal, pero jamás ha conseguido el mismo número de pasos. Sin referencias es
casi imposible trazar una diagonal decente, y el patio del módulo dos carece de
ellas. Porque las herrumbrosas canastas de baloncesto no pueden ser
consideradas como tales al estar en uno de los extremos del patio. Si Ojitos no
hubiera dejado de ir a la escuela en segundo de EGB sabría por el teorema de
Pitágoras que la diagonal del patio mide casi cincuenta y un metros, unos
setenta y cinco pasos, número que también le resultaría asequible a su
retentiva porque tal fue la cantidad de años que sumó su primera condena. De
eso hace ya una década, tiempo suficiente para haber acumulado otras doce
causas más (todas ellas por delitos dentro del talego).Tras los muros del Módulo Dos no hay espacio para la disidencia. En un microcosmos dominado por leyes no escritas y códigos de silencio tan rígidos como los barrotes, sobrevivir implica mimetizarse con el cemento. Pero cuando un crimen sacude los cimientos de la prisión, las frágiles alianzas de los internos y los secretos más oscuros de la institución quedan completamente al descubierto.
Escrita con el pulso asfixiante de la mejor novela negra y la precisión técnica que solo un funcionario de prisiones con más de veinticinco años de servicio puede ofrecer, Miguel Ángel Carcelén nos sumerge en un thriller carcelario implacable. Módulo Dos no es solo la crónica de una investigación contrarreloj; es una radiografía humana y brutal sobre la vulnerabilidad, las mafias en la sombra y el precio de la diferencia en el lugar más hostil de la sociedad.
Un retrato desgarrador y adictivo donde la línea entre el
orden y el caos es tan delgada como el filo de un pincho afilado en la
penumbra.
«Una lección de realismo y suspense escrita desde el
mismísimo corazón del abismo».